A 30 años de la lucha contra el odio cis- heterosexual

Por: Julio Villafañe

El 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades, dejando de ser considerada como una “enfermedad mental”. Desde ese entonces, las organizaciones de diversidad sexual comenzaron a celebrar el Día de Lucha contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Este hecho se inscribe en uno de los logros de un colectivo organizado, crítico, profundamente político, que lucha por la igualdad y la memoria Travesti, Trans, Lésbica,  Gay, Bisexual y de Generos no binaries. (TLGBIGN). 

Una imputación por besar a su esposa en el subte.

Dos adolescentes suspendidas por estar de la mano en el colegio.

Un joven gay fue golpeado a la salida del boliche.

Por primera vez la justicia  implementa la figura de travesticidio como crimen de odio y violencia de género. El juicio y la condena al asesino de Diana Sacayán.

La Pepa Gaitan, asesinada por el padrastro de su novia.

La Chicho asesinada por vivir su deseo.

Suspensión de los Derechos Civiles para las personas trans en Bolivia.

Amenaza de violaciones correctivas para las disidencias en Chile.

Desde la familia, la escuela, el mercado laboral hasta el mismo espacio público y la manera y modos de habitarlo, la discriminación, segregación y odio se materializan en expulsiones, ataques, segregacionismo y actitudes que van desde las risas que le dejaban cicatrices en la espalda a Lemebel, hasta las compañeras que dejaron su vida luchando y trabajando para transformar este mundo odiante con el amor como motor de cambio.

La despatologización del deseo no cis-heteronormado por la Organización Mundial de la Salud, en 1990 nos marca la jornada como un hito de la reflexión y el ejercicio del activismo, la militancia, el trabajo contra las actitudes odiantes. Pero la medicina no es la única institución que violenta y discrimina las identidades disidentes.

 Aunque la terminología y el diccionario nos digan que nos tienen fobia, sabemos que es odio porque también aprendimos a sortear algunas trampas del lenguaje. Es odio cuando te persiguen a la salida de un boliche para pegarte por pute; es odio cuando te quieren cobrar el doble o te prohíben la entrada a un boliche o a una pileta a tomar sol por ser trans; es odio cuando la salud es un derecho negado. 

También es odio cuando en un colegio una travesti, una marica, de corazón pequeño y con la grandeza de soñarse libre, se enfrenta a la expulsión y discriminación institucional y social, cuando no puede elegir a qué jugar o con quién jugar. Es odio lo que la yuta administra en un subte por dos tortas que se besan.Es odio de macho herido esa violencia sobre las cuerpas de travestis y trans  después de consumir el placer, oculto, clandestino, deseado en secreto por la vigilancia de los pares, la policía del goce.

La única fobia que tienen es perder los privilegios que consiguieron y construyeron. Los privilegios que pagan con los sueldos de los trabajos que las travestis no tienen.  La fobia que sienten es ver ese mundo de consumo, extractivismo, individualismo y onanismo virtual desmoronarse ante las redes disidentes, la vida travesti, las manadas que colectivizan solidaridad, amores y afecto.

Tienen fobia de que sus hijas e hijos tengan una profesora travesti que les enseñe la inclaudicable calidad y calidez humana de cada una y de todas las personas, que les acompañe a imaginar un futuro y comparta las herramientas para construirlo.

 Tienen fobia de que les arrebatemos la hegemonía que detentan en esa educación para el odio, la destrucción y el temor y la vergüenza. Tienen fobia a que entremos a sus casas grises, estériles, hechas a imagen y semejanza de lo único que aprendieron: la reproducción de lo que ya está hecho, lo dado. Infértiles, como su negación a perder los privilegios.

 Fobia de tener que compartir el espacio público y diurno. Compartir sus oficinas, sus talleres, sus hospitales, sus universidades y redacciones con trans, travestis, tortas, marikas, no binaries que hacen sus trabajos mejor. Sienten odio por la fobia que les da la furia travesti, ocupando cada vez más espacios, en la academia, en los medios, en el Estado, en las plazas, en las calles, en sus camas.

Odian no poder hacer y deshacerse de las cuerpas para el consumo y el descarte porque a los calabozos no volvemos nunca más y al silencio tampoco. Le tienen fobia al orgullo en la disidencia, existencia y resistencia, a esta rebeldía con alegría y furia travesti.

“El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más. Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo.”

Lohana Berkins.

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