¡Bienvenido al nuevo Brasil!

Por Bruna Benevides desde Brasil

En el año 2016, nos enfrentamos a un golpe a la democracia del país. Tuvimos a nuestra presidenta derrocada por un golpe de estado basado en lo que sabríamos más tarde, como la consolidación de la posverdad y las fake news. Además de la coyuntura política, que realmente enfrentó varios problemas en el campo económico y casos recurrentes de corrupción, las agendas que habían sido discutidas por la izquierda más cercana al campo progresista y que apuntaban a un avance en las discusiones sobre temas como los derechos de las mujeres, la población LGBTI y de las personas negras, están siendo ahora utilizadas como una de las justificaciones para la retirada de un gobierno que representa una amenaza a los valores “morales” basados en ideologías religiosas, y obviamente, capitalistas en esencia.

No es de extrañar que la justificación más recurrente y citada durante el proceso de votación del Impeachment  (destitución), viniera con un mensaje claro, “votamos SÍ en nombre de Dios, a favor de la familia y a favor de los valores conservadores”. Y así comenzó lo que hoy reconocemos como la institucionalización del odio y la legitimación en torno a lo que estos discursos sustentan. Pánico moral es el nombre que formaba parte de la composición de la unión del ala conservadora, antiderechista, que continuó con su escalada al poder.

En 2017, la violencia en Brasil alcanzó su punto álgido y se convirtió en el año en que se produjeron mayores asesinatos, ya sea por la violencia del Estado -con la policía que más mata en el mundo (y la que más muere, también)-, o por la falta de acción del propio Estado, en el incumplimiento de la Constitución Federal, para la protección de los ciudadanos y no de las instituciones.  Jóvenes negros, mujeres o LGBTI, los indeseables sintieron la furia de la necropolítica, sin una posible mediación. Se perdieron derechos, se congelaron las inversiones en educación, salud, entre otras áreas, y fue aprobada la reforma que terminó con los derechos de los trabajadores. 

Tras el golpe de 2016, en 2018 el principal candidato a las elecciones, el ex presidente LULA fue injustamente arrestado para mantenerse al margen de la disputa electoral y allanar el camino para el candidato de extrema derecha que estaba emergiendo en una avalancha de noticias falsas (fake news) como la que “cambiaría” a Brasil. Pero francamente, ¿de qué cambio estamos hablando?

Los resultados de las elecciones, unido a todo por lo que estábamos pasando, dejaron al brasileño, al ciudadano común, perdido, herido, reactivo, desesperado, y por lo tanto fácilmente atraído por las soluciones mágicas. Hay una acción coordinada para bombardear ficciones, creadas con la intención de manipular la realidad y que empezaron a estar presentes en lugares comunes, grupos familiares que se han disuelto y sobre todo en las redes sociales. Este no es un fenómeno típicamente brasileño, pero aquí ha abierto heridas y empañado las relaciones. Ha sacado del armario la sombra malvada y perversa del deseo del pasado. Bajo la tutela de una familia de “bien” política y no politizada, estamos frente a la validación de la barbarie. 

Todavía en el período electoral, ya vimos como la pregunta sobre este cambio, se respondía diario. Un maestro de capoeira, un anciano negro, es asesinado por razones políticas bolsonaristas. Y repetidamente vemos datos sobre el aumento de la violencia contra la población LGBTI, en el país que por décimo año consecutivo ha sido el que más asesino a personas LGBTI del mundo, especialmente las personas trans.

Hemos visto casos de travestis siendo atacadas o asesinadas a los gritos de “Bolsonaro”. Se convirtió en un insulto común contra aquellas personas que se atrevieron a desafiar al CIStema. Personas LGBTI+, golpeadas a plena luz del día, sin ninguna ayuda de los transeúntes que estaban más preocupados por filmar que por dar apoyo. Grupos de odio que estallan en todo el país, anunciando en nombre de Dios lo que sería el nuevo Brasil, después de los golpes y bajo la égida de un gobierno procesado por machismo, denunciado por racismo y condenado por homofobia en segunda instancia. 

En enero de 2019, llegó y salió de la escena un Brasil, que era un país de fútbol, que era friendly y amigable. Que avanza hacia una convergencia rumbo a la tolerancia, hacia la conquista de los derechos posibles y necesarios, y hacia el posible diálogo entre el Estado y la sociedad en general. Y allí se fortaleció Brasil, con su frágil pero tóxica masculinidad, su fundamentalismo religioso, con sus militares ocupando ministerios y pastores asumiendo por asalto carteras delicadas como las de Derechos Humanos. Todo estaba debidamente diseñado para allanar el camino a lo que vendría después de la toma de posesión del presidente electo.

Brasil que mató a Marielles, Dandaras, Joaquins e Marias. Que rechaza el título de gay-friendly e invita a los turistas a venir y tener sexo con nuestras mujeres. Que ataca a los líderes del estado. Que voto en contra de los temas de género, derechos de la mujer y población LGBTI junto a otros países reconocidos como violadores de los derechos humanos en la Asamblea de la OEA.  Que manipula sus relatorías de acciones a la ONU. Que lleva kilos de cocaína en el séquito oficial del Presidente. Que ignoró los incendios en el Amazonas y los derrames de petróleo que afectan a gran parte de nuestra costa. Que protege a los jueces, que han manipulado la mayor investigación anticorrupción en la historia del país. Que expulsó a su único diputado federal gay bajo amenazas de muerte. Que se cierra al diálogo y cierra canales con la población. Que ha extinguido órganos de construcción colectiva de la sociedad civil, comités de género y ha atacado la educación pública, la seguridad social y ha promovido la prohibición de los derechos de la población LGBTI a través de la censura, la persecución y la coerción. 

Este es el capítulo inicial del nuevo Brasil que el mundo no conoce y ni siquiera debería existir. Que temía convertirse en una “república comunista”, pero que ahora es un ejemplo de la necesidad de una lucha constante por preservar la democracia, para que otros países no sigan el mismo camino que el nuestro.

¡Resistan hermanos! Seguiremos resistiendo desde aquí….

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