DETRÁS DE DOS MUERTES, EL UMBRAL DE LA DIGNIDAD

Por Agencia SUDAKA Tlgbi

Pablo Nogués, Buenos Aires, hallan un cuerpo semi sumergido en una zanja.

Capilla del Monte, Córdoba, otro cuerpo es hallado el domingo a la vera de la ruta a poca distancia de un basural.

Desechados, descartados.

Tamara Morales, tenía 36 años. Vivía en Villa de Mayo, Pablo Nogués. Al desconocerse su paradero el último fin de semana, iniciaron su búsqueda. Del mismo modo, y desde el día 05 de abril que había sido vista por última vez Gisela Basaldúa, de 35 años, familiares y amigos, solicitaron comenzar una investigación en torno a su desaparición. Con el correr de las horas, los diversos rastrillajes dieron cuenta del hallazgo de sus cuerpos.  La Unidad Fiscal de Instrucción N° 23 de Malvinas Argentinas, a cargo de Silvia Bassani y la Fiscalía de Feria de Cosquín, cuya titular es Jorgelina Gómez, llevan a cabo diferentes pesquisas para informar las causales de muerte.

Gisela era mochilera. Estaba viajando por el valle de Punilla y en su último video, aclaraba que no concebía tener un sueño y no cumplirlo.

Tamara, ejercía la prostitución. Unos días antes de su muerte había ingresado por la guardia al hospital y se fué con el alta voluntaria. Nadie supo de ella hasta que encontraron su cuerpo.

Muchas versiones circularon a través de diferentes medios de comunicación, que recuperaron las declaraciones de allegados y que, rápidamente, derivaron en conclusiones  poco afables con el derecho a la privacidad de las personas. Porque no nos olvidemos, Gisela y Tamara eran personas, y ambas muertes merecen su debida investigación y el esclarecimiento de los hechos. Al igual que el respeto por la identidad de género autopercibida por Tamara.

Los resultados preliminares de sus autopsias arrojan distintos datos. El cuerpo de Gisela muestra signos de estrangulamiento y heridas defensivas en distintas partes, cuya naturaleza y extensión deben ser corroboradas por estudios complementarios. El de Tamara, según los peritos que oficiaron en la causa, no presenta señales de violencia explícita, por lo que se espera por el informe definitivo.

Estos casos se enmarcan dentro de algunas condiciones estructurales de violencia, que no son ajenas en los contextos de aislamiento que atravesamos como sociedad. Aquellas que probablemente no emanen de los signos y señales del tipo que se inscriben en la superficie de los cuerpos, evidentes a la pericia experta o a la sensibilidad humana. 

Sin embargo, la indignación por la violencia que rodea ambas escenas no parece calar del mismo modo. ¿Qué provoca el estupor o la empatía? ¿Qué muertes perturban el orden de lo visible? ¿Cuáles vidas inspiran un enérgico pedido de esclarecimiento y justicia? 

La espectacularización de la violencia ha naturalizado un orden que de natural no tiene nada. La avidez de consumo y la lógica propia de los medios que comercian la información potencian un comportamiento social que jerarquiza las vidas entre niveles de productividad, capacidad de consumo y una  vocación de servicio flexible a distintas domesticaciones. Esta jerarquización, distribuye los cuerpos entre la vida pública y aquello que debe ser celosamente escondido, oculto a la luz del sol, dispuesto en la nocturnidad y situado en los márgenes. 

El consumo de muchos, el placer de otros tantos, se dibuja en la posibilidad de poder transitar esa frontera entre lo socialmente aceptable, y lo consensuadamente ocultable, lo que todos sabemos y de lo que nadie habla.

Esas muertes, marginales, ocultas, nocturnas, se sumergen en zanjas. Zanjas mediáticas, judiciales, sociales. ¿Cuáles son las muertes que lloramos, que sentimos, que nos duelen? Las vidas que conocemos y reconocemos como valiosas dentro de un cistema sexo genérico y aún por fuera de él, aquellas que, al menos, son leídas como productivas en una industria capitalista que ofrece entretenimiento, alienación y enajenación, ocultando el consumo de la dignidad, de los derechos, del respeto a las vidas humanas. 

¿Qué nos conmueve de esas muertes? ¿El morboso relato de las violencias ejercidas? ¿La extensión de la desesperada búsqueda con una certera posibilidad de un desenlace trágico? ¿Nos conmueve pensarnos o pensar los afectos cercanos en ese lugar? ¿Nos conmueve, tal vez, una identificación y una lectura de esas víctimas como pares? 

¿Cómo pensamos la muerte de alguien cuya vida fué desechada, marginada, relegada por el Estado, por la sociedad, la familia, la escuela? 

¿Cómo podríamos indignarnos por la muerte de una persona a quien se le negó la dignidad de una vida vivible?

En esa pretensión de reconocer la dignidad de todes, desde un ejercicio ético de la profesión y desde el respeto por los procesos judiciales y en especial, por amigas y familiares de Tamara, Agencia SUDAKA Tlgbi decidió no publicar nada hasta el día de la fecha, para no difundir información incierta que pudiera faltar a la verdad, ni reproducir prácticas violentas que multiplican el dolor de las víctimas.

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