La Lengua no es neutra

Por Matías Rodríguez

Desde que el presidente Alberto Fernández utilizó el lenguaje inclusivo en varias oportunidades en el marco de la cuarentena, él mismo ha sido tendencia en Twitter, alzándose voces a favor y en contra. Lo hizo para dirigirse a la totalidad de la población, incluyendo en su discurso a todas, todos y todes.

¿Pero por qué despierta tantas críticas su uso en quienes lo emplean? Como todos los cambios que se proponen en la sociedad, nunca están exentos de reticencia, inclusive, de ciertos sectores que pueden estar siendo objeto de discriminación lingüística y, sin saberlo, colaboran en la reproducción de su propia dominación.

En muchos casos oponerse es la primera de las respuestas ante el desconocimiento a la causa que está por detrás, de quienes intentan visibilizar las relaciones de poder asimétricas que subyacen a su práctica.

Así, la lengua no es más que un sistema abstracto. Es estándar, pero no por ello es neutra. Con esto queremos decir que solo la Academia y otras instituciones se reservan la potestad de fijar y naturalizar lo que, en determinado momento, debe ser considerado como tal. 

Decimos entonces que la lengua es un constructo social y cultural, por lo tanto, variable. De manera constante dejamos de utilizar palabras y otras entran en nuestra práctica cotidiana. La lengua es un cuerpo vivo y en evolución, adaptable a nuestra necesidad de comunicar. Por tanto, es una posibilidad y una realidad que se puede hacer, y se hace, constantemente. 

Lo que no se nombra, no existe

El uso del lenguaje inclusivo surge a partir de la iniciativa de los movimientos de la diversidad sexual, de mujeres y jóvenes que identificaron el androcentrismo en la lengua castellana, es decir, el hombre como parámetro de lo humano. En este sentido, el género masculino se usa como genérico, y universal y, relega todo lo que escapa de la norma, como un constructo subsidiario y secundario. Por tanto, el lenguaje no solo nombra, sino que en su mismo acto, oprime, discrimina y excluye.

De allí que tengamos que comprender que cuando aprendemos una lengua, ésta no sólo nos permite comunicarnos, sino que al hacerlo adquirimos un conjunto de conocimientos, de valores, prejuicios, estereotipos, actitudes; que organizan nuestro pensamiento, condicionan nuestra manera de interpretar la experiencia y regulan nuestra conducta. 

Un ejemplo que grafica esta situación, es cuando en documentales o en los manuales escolares, encontramos enunciados como: “las edades del hombre” cuando se pretende hablar de la evolución de toda la humanidad.  Lo correcto sería hablar de “las edades de la humanidad” o de “la especie humana”. Otro ejemplo es cuando en grupos mixtos de personas por más que las mujeres sean mayoría utilizamos pronombres en masculino para referirnos a la totalidad, como “ellos” o “nosotros”.

Sin embargo, estas situaciones las reproducimos en la cotidianidad y parecieran pasar desapercibidas ante nuestros ojos y nuestros odios. Por eso la necesidad de modificar estas prácticas, con el objetivo de nombrar a las multiplicidad de expresiones que escapan a una lógica excluyente de representación simbólica. El cambio no implica una deformación o degradación del habla. Ni que el lenguaje, por tanto, pierda belleza, corrección y economía. Al contrario, supondrá elaborar mensajes responsables y justos.

Y en esta tarea, los medios de comunicación cumplen un rol fundamental, ya que no solo informan, sino que, al hacerlo, construyen la realidad e instalan agendas. Los medios de comunicación hegemónicos utilizan una estrategia discursiva tal que desacredita ciertos temas como el aborto, el feminismo o la militancia juvenil, y el lenguaje inclusivo. La intención es generar de manera subliminal que sus públicos los asocien a través de una unidad psíquica emocional. De esta manera, la sociedad puede rechazar uno o varios temas asociados, aun cuando no estén abordados mediáticamente en su conjunto, ni tengan factores explicativos en común. 

Lo cierto es que, ante el orden social hegemónico los colectivos de mujeres y el TLGBI tienen dos opciones. O son conformistas con las representaciones e ideas peyorativas que proliferan sobre elles o se resisten a las prescripciones e interpelaciones dominantes; proponiendo cambios como los del lenguaje inclusivo para saltar las fronteras imaginarias y luchar por los espacios sociales donde puedan lograr condiciones de vida más justas y encarnar otros significados posibles.

Por esta razón, la intención de modificar el lenguaje busca que se nombre a todas, todos y todes por igual, en las mismas condiciones. Y si bien la RAE se ha pronunciado por su negativa, en tanto institución que regula las normas gramaticales de la lengua española, lo cierto es que los cambios en el lenguaje empiezan con el uso de los hablantes. Modificar el lenguaje, va en sintonía con los acontecimientos sociales emergentes, para que se adapte a la realidad de nuestra sociedad.

En suma, la propuesta del lenguaje inclusivo exige la necesidad de nombrar a las femineidades y a las identidades de género que no responden al binarismo hombre-mujer. Y si bien, puede que prospere o no, sabemos que la lucha es por el significado, para intentar desestructurar las percepciones que contribuyen a reproducir el pánico moral y la discriminación, aun cuando esto aplique el corrimiento de lo universalizable, legítimo y normativo. En definitiva para nuestros colectivos, el uso de un lenguaje no sexista, inclusivo y no excluyente es una apuesta, además de lingüística, profundamente política. 

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