La vida es un carnaval: La interseccionalidad en el festejo popular

Por Toni Domínguez

El carnaval determina, sin dudas, la expresión cultural más importante de la historia, por el grado de transversalidad de su práctica. Con las particularidades y matices propios de cada territorio, llevando alegría y libertad al menos por dos días al año; se ha consolidado como la fiesta más esperada por todes. Pero ¿de dónde viene el Carnaval? ¿Qué representa en la cultura? ¿Cuál es la participación de las disidencias? ¿Qué aportamos al carnaval?

El primer registro oficial de bailes de carnavales fue en 1771, cuando el Gobernador de la provincia de Buenos Aires Juan José Vertíz permitió por decreto realizar bailes en salones privados. En 1795, el entonces Virrey español Arredondo prohibió los festejos y bailes, mojarse con agua y arrojarse huevos. Parece que una de las prácticas más comunes para festejar el carnaval era tirarse agua con baldes, un momento propio de la libertad de los cuerpos en el espacio público. Las esquinas de los apenas crecientes barrios porteños se llenaban de mujeres y niñxs, adultxs y jóvenes, la gran mayoría de sectores populares, para jugar por horas con el agua que ayudaría a apagar el calor de febrero. 

No fue hasta la primera presidencia de Rosas que los carnavales se prohibieron. El 22 de febrero de 1845, bajo argumentos propios del clasismo y el racismo que caracterizaban al pensamiento colonial, decidieron prohibir y criminalizar los festejos populares. Para ese entonces los carnavales ya formaban parte del calendario social, sin tener el reconocimiento por parte del Estado. La mezcla entre natives y migrantes y la impronta afro, le daban a las comparsas y carrozas un colorido espectacular y una riqueza musical de excelencia. Por supuesto que el trasvestismo fue la primera práctica cultural que se llevó adelante por parte de les sujetes. Usar ropa del sexo opuesto representaba la libertad sin tapujos, todo estaba permitido al menos esa noche. Deseosas las travas esperaban a febrero para salir de la clandestinidad y darle luz al carnaval.

En febrero de 1869 se realizó en el barrio porteño de San Telmo uno de los carnavales más grandes de la historia. Festejado y organizado por el pueblo, con carrozas y comparsas que venían desfilando desde distintos barrios y desembocaban en el bajo. Un periódico de la época decía: «En los teatros, las puertas se abrirán mañana, el lunes 12 y el martes 13, a las 11 de la noche, y se cerrarán a las 4 de la madrugada. Los «tranways» estarán en funcionamiento toda la noche. En los teatros, los palcos costarán alrededor de 200 pesos y la entrada 100. En el Teatro de la Alegría los precios serán más módicos para los bailes de máscaras: 60 pesos los palcos y 25 la entrada para hombres. Las damas entrarán gratis. ¿No habrá algún disfrazado que se haga pasar por mujer?». Imagino que a las travestis tampoco le cobraban.

A partir de 1915 muchas de las famosas comparsas fueron desapareciendo, comenzando a ser  reemplazadas por las murgas. Éstas en principio estaban integradas por jóvenes de 20 o menos años, sus cantos eran simples e ingenuos, utilizaban el humor y la sátira para denunciar la corrupción política. Eran tiempos difíciles y se notaba en los festejos del carnaval. Los desfiles fueron siendo relegados por los bailes de elite que organizaban diferentes instituciones sociales. En la década del 20 eran muy pocos los carnavales que seguían existiendo, y menos aún los que seguían siendo alegres y populares. Con la declinación de las comparsas aparecen  las murgas de modo desafiante y grotesco, con un sentido político claro de protesta. Las comparsas en cambio tenían influencias europeas y eran bandas de músicos con alto dominio técnico y muchos coros e instrumentos. Las murgas también son el resultado de la mezcla de tradiciones que se dio con la gran inmigración. Las agrupaciones carnavalescas se fundaron en fuertes lazos étnicos, de clase y amistad. Con el tiempo se fueron organizando a partir del encuentro e intercambio vecinal de los barrios, y las murgas representaban a estos centros sociales. No tenían ni tenores ni bandas sinfónicas, pero eran y siguen siendo quienes le ponen voz a los reclamos populares.

Pasaron los años de prohibición, persecución y clasismo; entonces durante de la primera presidencia de Perón los carnavales volvieron a ser la fiesta del pueblo. Para 1946 el Ministerio de Desarrollo Social y la Fundación Eva Perón repartieron máquinas de coser, telas y accesorios a los clubes barriales que tenían murgas o carrozas consolidadas. El tercer fin de semana de febrero se considero tácitamente como el fin de semana largo de carnavales, generando movimiento en la economía interna, aprovechando la fiesta y el desparpajo.

En 1976, la Junta Militar que encabezó la última dictadura cívica militar decretó la prohibición de los festejos por carnavales. “Los pueblos tristes no vencen” decía Jauretche, y eso fue lo que intentaron hacer los militares: desmoralizar la cultura popular, prohibir cualquier forma de organización, perseguir a las clases trabajadoras, implantar el miedo y así desarticular la conquista más importante de los cabecitas negras. Fue hasta febrero de 2011 que la ex presidenta y actual vice, Cristina Fernández de Kirchner vuelve a restituir en la jerarquía de feriado nacional de carnavales. “Esta es una reivindicación que es un fenómeno cultural profundo, no solamente urbano a través de las murgas que alegran la vida, sino que también tiene fuertes connotaciones con la cultura de nuestro país, el Carnaval en Gualeguaychú; en Corrientes; en la Quebrada de Humahuaca son patrimonio cultural. Por eso, en el 2011, el primer año del tercer centenario vuelven los carnavales a la República Argentina, vuelve la alegría”, dijo Cristina en la presentación del proyecto de Ley de Ordenamiento de Feriados Nacionales.

Identidades diversas  que habitan el carnaval

Durante el fin de semana se realizaron en la ciudad de La Plata diferentes festejos, cada barrio con su carroza, murga o comparsa que vienen preparando los atuendos todo el año para la gran noche. En la localidad de Ensenada, se realizó en Carnaval de la región, con una masiva participación y convocatoria, y con toda la gestión municipal puesta en función de la fiesta popular hicieron que las dos noches no pararan de bailar. Allí participaron según datos de la gestión municipal del intendente Mario Secco 40 mil personas, en cada una de las dos noches y la segunda conto con la presencia del Gobernador de la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof, quien llego junto a su esposa Soledad Quereilhac. 

Fueron ocho cuadras  en plena avenida la Merced las que ocupo el corsodromo, por allí desfilaron dieciséis comparsas, la encargada de cerrar el corso fue Emperatriz quien desplego cuatro cuadras de brillo, color y ritmo,y que conto con 120 personas en escena. Por esa pista pasaron cuerpos, que rompen y cuestionan los estereotipos del cuerpo escultural, como también las identidades de género- aunque escasa- hubo participación de al menos seis travestis y trans. Asimismo advertimos algo positivo a destacar, la masiva participación intergeneracional y de las comunidades de migrantes de la Patria Grande. Es que el carnaval es ese lugar donde al menos por el tiempo que dura, es un espacio donde se borran todas las diferencias, y solo se da lugar para el divertimento y la alegría.             

También se realizó por segundo año consecutivo el Carnaval Drag en Cosmiko galería club. Con un concurso que se burla de las elecciones de reinas, la Gala Drag hizo la competencia de las drags de la ciudad, abriendo el escenario para que hagan sus perfos y puedan ser coronadas Reinas de Carnaval Drag. ¿Qué mejor que un cuerpo travesti, trans, drag, mostra, no binarie para correr los márgenes dónde intentan encorsetar a las identidades? Y qué mejor que hacerlo en el carnaval, donde confluyen la interseccionalidad de etnias, culturas, géneros, edades, todas las formas posibles de existir y resistir. 

Parte del imaginario colectivo es ser partícipe de los festejos populares, de ahí venimos, de las orillas, del borde,  de todo lo exiliado y expulsado de la normalidad. Perpetuar el orden hegemónico de la heterosexualidad no es más que una performance de patrones y comportamientos. Entonces si la vida es el resultado de la ritualidad, de la puesta en escena de  una performance, la vida es un carnaval. 

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