Las Travestis de La Perla

Por Eugenio Talbot Wright 

La Perla fue el campo de concentración y exterminio más grande del interior del país. 

Por ese centro clandestino de detención ubicado en la provincia de Córdoba, pasaron miles de estudiantes, obreros, militantes y trabajadores considerados opositores políticos al régimen que se impuso durante el terrorismo de Estado.  

Cuando comenzaron a conocerse los testimonios de sobrevivientes, pudimos enterarnos que también trans y travestis fueron secuestradas y torturadas.

El destino de la mayoría las compañeras es incierto, aunque hace algunos años pude acceder en primera persona al relato de una de ellas. 

El encuentro

Gracias a una casi titánica reconstrucción de algunas historias de compañeres del colectivo LGTBIQ+ víctimas de la dictadura, datos de tres personas trans que pasaron por el infierno de La Perla comenzaron a resonar, y luego de meses de investigar pude obtener una dirección y un nombre. 

Así fue que logré tocar la puerta de una compañera, por primera vez, un verano del año 2017 esperando pactar una entrevista. 

Después de una larga tarde de tomar mates y compartir realidades, la compa accedió a relatarme algunas cosas que se vivían durante la última dictadura militar respetando dos condiciones: el anonimato y los tiempos. 

El celular me sirvió de respaldo para grabar algunas de las conversaciones, mientras “M” poco espacio me dejaba para preguntar. 

Creo que inmediatamente me di cuenta que M era mucho mejor reportera que yo, pues más información sobre mi vida personal obtuvo ella de mí, que yo de ella.

La primera condición para futuros encuentros quedó muy clara cuando dijo: “vos estás soltero porque no sabés cocinar, así que, lo que tenemos que hacer es juntarnos y hacer una torta de mandarinas, mientras charlamos, porque al amor se llega por el estómago. Yo te voy enseñando como hacerla”.

Luego continuó diciendo: “vos comprá estos ingredientes y el fin de semana, mientras cocinamos, te cuento algunas cosas”. 

Entre los ingredientes anotados en la lista figuraba un kilo de mandarinas, cosas que se me complicaba pues la temporada de esa fruta ya había pasado. 

“No importa traeme naranjas”, me dijo, y así lo hice la semana siguiente.

Los fines de año en La Perla

Fueron 4 las reuniones que concretamos con M. En cada una de ellas las charlas y grabaciones se hicieron mientras cocinábamos o comíamos. 

Lo primero que hicimos fue la torta de mandarinas, convertida en naranjas aquel fin de semana.

Pocas veces M se refería a sí misma en femenino, como parte de un lenguaje utilizado que caracteriza a otras generaciones. También la aparente naturalización de la violencia fue una constante, hasta que logré sumergirme en un espacio y tiempo distintos, para entender otras formas de mirar la realidad, tan legítima como la actual, pero envuelta en códigos a veces sorprendentes.

Mientras mezclábamos algunos ingredientes M expresó “Nos solían llevar a ese lugar (La Perla) en las fiestas de fin de año. Era preferible estar ahí que con la policía. Con la policía no sabías si salías viva o muerta, pero el ejército era mejor. Sólo violaba, me dijo de repente, como dejando en claro que la historia de lo sucedido en La Perla sería compartida de esa forma, utilizando pequeñas frases mientras nos dedicábamos a la cocina. 

Así pude saber algunas conexiones existentes entre gente del Departamento de Inteligencia de la policía de Córdoba y grupos de “moralidad” encargados de secuestrar, chantajear, torturar a compañeras travestis. 

También relató con precisión la forma que tenían cada uno de los espacios que componían La Perla. 

Contó sobre la cuadra, las oficinas, los detenidos tirados en el suelo rojo, característico de ese lugar de espanto. 

Cada uno de esos relatos fueron sintetizados en frases pequeñas que irrumpían en medio de otras conversaciones. 

Y enseguida entendí que el intercambio sería absolutamente humano. Compartir unos mates, hacer una comida para ponerla sobre una mesa, que la mayoría del tiempo estaba vacía, era parte del trato que enriquecía esos momentos en donde, no solo cuando las fuerzas lo permitieran se recordaría el paso por La Perla, sino también, se compartía toda una historia de lucha y vida.  

La frase más recordada

M finalmente, en pocas palabras, me contó muchas cosas. Nombres, espacios, dolores y alegrías recordados de una forma diferente, como parte de una vida dura que marcó la realidad de la compañera. 

M murió al año de concretar aquellas reuniones. 

La navidad y el año nuevo de “las travestis de La Perla”, como en algún momento pactamos nombrar a los hechos sucedidos y vividos por M, formaron parte de la historia que la cumpa me relató, intercaladas con una que otra receta de cocina, que mucho habló sobre humanidad y valor.

En lo personal he querido evitar el morbo comentando el modo de tortura utilizado en los cuerpos de las trans, pero rescato como cierre quizás una de las frases más potentes que me compartió M: “Cuando nos llevaban nosotros no usábamos capucha en la cara, así que veíamos todo. Dolía mucho ver a los chicos tirados en el suelo lastimados, pero yo sabía que durante el tiempo que duraba mi violación, ellos podían descansar un poco”.

Este fin de año, tal vez, no haya habido mejor manera de recordar y honrar la memoria de M, y de tantes otres compañeres que ya no están, que hacer una vez más, aquella torta de mandarinas con naranjas que cierta vez, entre mates e historias aprendí, para compartir y disfrutar entre amigues. 

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