TACKLEAR AL MACHO

Por Gonzalo Carranza

Con los puños y pies llenos de sangre, los diez rugbiers de Zárate que asesinaron a Fernando Báez en Villa Gesell, se fueron a dormir. Luego de haber matado con la impunidad que solo los machos pueden tener. Lo mataron a golpes y patadas. Con una extrema violencia usaron como presa sacrificial el cuerpo de Fernando. Como requisito necesario y obligatorio para reafirmar su masculinidad y su llegada al poder que solo las elites pueden aspirar. 

En este especial reflexionamos sobre lo que determinó a una manada de hombres masculinos a matar de forma sangrienta a un muchacho que no presentaba ser una amenaza. La interseccionalidad y el efecto moralizante del rugby. 

¿Cómo se explica este crimen desde un enfoque interseccional?

Desde hace años varias autoras feministas, como Patricia Hill Collins -especialista en discriminaciones a mujeres afroamericanas, pionera en interseccionalidades y referente a nivel mundial dentro del feminismo negro-, han analizado y profundizado la interseccionalidad como un enfoque que contribuye a visibilizar la situación de desigualdad de la que abrevan diferentes problemáticas como el racismo, sexismo, homofobia, misoginia, xenofobia que, en ocasiones, se solapan creando múltiples niveles de injusticia social. 

Aquellas desigualdades surgen de la etnia, la raza y la clase social. Pero la interseccionalidad no es la suma de todas las desigualdades de un grupo oprimido. Sino que es la desigualdad específica. Es decir, hay que comprender la interseccionalidad como una herramienta de complejización de los modos de dimensionar las relaciones de poder. De allí que no sea posible comprender a las identidades en tanto homogéneas, puras o atravesadas solo por marcaciones de género. Es, por tanto, posible analizar los diferentes sistemas de opresión que constituyen a lxs sujetxs, dentro de una narrativa donde aquellos se intersectan. 

En primera instancia, debemos contextualizar el factor desencadenante de situaciones extremas de violencia. Como bien todos sabemos, históricamente, el rugby se constituyó en un deporte habitado y reproducido por clases sociales de alto poder adquisitivo, que se rodean de pares y transitan su vida con la impunidad que el dinero y la piel blanca pueden darles. En la sociedad Argentina, este deporte posiciona a sus practicantes en una situación de opresores frente a otros sectores sociales. Sin embargo, en los últimos años, emergen distintas expresiones que intentan deconstruir los sentidos y prácticas que, otrora, este deporte les ha dotado de ciertos privilegios. 

Los privilegios que rodean al rugby se erigen asimétricamente, reforzando una relación de poder de ciertos sectores frente a otros que se cruzan en su camino. Se enarbolan en su flamante heterosexualidad obligatoria, su dinero, sus familias de bien, sus cabellos rubios y su piel blanca lo que reproduce en ellos una sed de poder que solo pueden saciar con la moralización de cuerpos que están fuera de sus normas, y deben ser eliminadas del camino con suma violencia. 

Sin embargo no podemos hablar de intersección si no tenemos en cuenta el momento histórico en el que estamos inmersos y qué derivó a que 10 hombres masculinos se comporten como animales de caza hasta dejar sin vida, en un costado de la calle, a un joven en estado de indefención. En los últimos días el accionar de la cultura del rugby se ha vuelto un fenómeno macrosocial merced a la mirada de los medios de comunicación y la condena por parte de la opinión pública. Sin caer en la monocausalidad, Rita Segato, reconocida antropóloga feminista, aseguró: “los machos tuvieron que probarse a sí mismos, mediante una víctima sacrificial que son hombres”, para ser parte de una cofradía viril, en la que se inscribe un pacto de complicidad entre varones.

Esto se ve plasmado en los “bautismos” del rugby. Una especie de ritual de iniciación a la que son sometidos los más jóvenes que se adentran en este deporte. Es ejercida y llevada a cabo por varones de categorías más grandes y, en casos más extremos, los iniciados son violados de forma anal con objetos o sometidos a practicarles sexo oral a sus compañeros. En los casos más leves son golpeados hasta el cansancio y terminan en las guardias de los hospitales. 

“La ideología del macho es aquella que hace pensar al hombre que si él no puede demostrar su virilidad, no es persona. Está tan comprometida la humanidad del sujeto masculino por su virilidad, que no se ve pudiendo ser persona digna de respeto, si no tiene el atributo de algún tipo de potencia. No sólo la sexual, que es la menos importante, también la potencia bélica, de fuerza física, económica, intelectual, moral y política. Todo esto está siendo concentrado por un grupo muy pequeño de personas y hoy el hombre es una víctima también del mandato de masculinidad. En el brote de violencia que tenemos, la primera víctima son los propios hombres, pero no lo saben, porque no consiguen verse o colocarse como víctima, porque sería su muerte viril. Lo que llamo mandato de masculinidad, es el mandato de tener que demostrarse hombre y no poder hacerlo por no tener los medios”, sentencia Segato.

En otras palabras, podemos asegurar que si el rugbier joven no accede de alguna manera a alguna de las potencias anteriormente nombradas no puede acceder a la edad de adultez. Lo que directamente lo arrastraría a vivir una vida indigna y no deseada. Es decir, cuando atacan y satisfacen sus deseos son la autoridad misma. Se constituyen en verdaderos sujetos moralizadores.

Entonces, ¿estas prácticas refuerzan un sistema de opresión?

Este asesinato parece constituirse como un factor necesario para sellar el pacto de complicidad entre varones, que parte de una pauta de dueñidad sobre la vida de los cuerpos ajenos, en este caso, Fernando Baez Sosa. Este acto reafirma, así, su capacidad de violencia y una imperiosa necesidad de sostener su “club de los hombres”, que se perpetúa a través del tiempo en las verdes gramillas del poder. Desde dentro de los country privados o los campos de rugby, aquellas familias de bien miran a las masas que habitan por fuera con recelo y desprecio. Son las matrices que producen a estos varones moralizadores que transitan sus vidas destilando odio y violencia. Castigando a todo aquellos que esté por fuera de la norma, sometidos a su disciplinamiento.

Por ello, el rugby como institución genera en los varones una especie de pertenencia. Los requisitos para entrar y pertenecer se ven sumamente arraigadas a su condición de privilegio. Entonces, para hablar de masculinidad y de mandatos, debemos dilucidar dónde se institucionalizan de manera no crítica. Y es allí donde encontramos la respuesta: desde el colonialismo la Argentina se vió avasallada de familias que instalaron en sus tierras las jerarquías necesarias para establecer un modelo de clase social que hoy en día habitan en estos clubes de exclusividad. Es decir, son estructuras que estructuran la matriz de dominación ejecutadas por los varones del rugby. 

Estos “hijos del poder”, como los denominaron en los medios de comunicación, pertenecen a familias de muy alto poder adquisitivo y con influencias en las estructuras del Estado. Hace 14 años un caso muy similar irrumpió en la agenda mediática, tres rugbiers de familias adineradas y con relaciones muy estrechas con la política, asesinaron a golpes a un joven de 21 años en Florianópolis, Brasil. Los acusados no fueron encarcelados, ni cumplieron condena. Hoy en día hacen su vida con total normalidad, se recibieron, se casaron y hasta tuvieron hijos. La madre de uno de los acusados, actualmente, es jueza de la nación; mientras que el padre de otro, es diputado por Corrientes desde el 2017, por la alianza Encuentro. 

Con esto evidenciamos los factores que se repiten: familias acomodadas, protegidas por el dinero y la política, que se regocijan en impunidad ante la Justicia. En el caso de los rugbiers de Zárate, también pertenecen a familias de alto rango. La madre de uno de los principales acusados, Máximo Thompsen, coautor del homicidio, hasta hace unos días era Secretaria de Obras Públicas del municipio, ya que se vio obligada a renunciar a su cargo. Por otro lado, se encuentran los hermanos Pertossi, hijos de uno de los directores de la importante marca de automotrices, Toyota.   

Por tanto, si entendemos al poder como una relación de desigualdad entre dos partes: la opresora, que necesita de otra “inferior” -reprimida- para ejercer el poderío; diremos pues, se construye una relación bilateral que se nutre con la reciprocidad del vínculo. En el caso de Fernando, la relación terminó de manera letal por la concentración de poder que nacía de los 10 machos asesinos que necesitaron de su cuerpo, en ese entonces con vida, para reafirmar su masculinidad. Fernando no era de ninguna manera una amenaza para el grupo de “los jóvenes de bien”, su muerte fue un eslabón necesario en la cadena de violencia. Una presa sacrificial

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