Día de la memoria trans: Los 30400

Por Eugenio Talbot Wright 

 

La primera vez que vi una mujer con pañuelo blanco marchando en Plaza de Mayo fue a mi abuela Inda con una pesada pancarta de madera con el rostro de su hijo, mi padre Héctor. 

El terrorismo de estado marcó a mi familia de muchas formas.

El grito de decenas de mujeres diciendo: “queremos saber dónde están nuestros hijos” fue, tal vez, uno de los hechos que definieron los senderos que yo tomaría como militante político. 

Así comencé a vincularme con los organismos de derechos humanos y a entender que uno de mis lugares en el mundo se encontraba allí. 

Y ahí se llega con toda la intención de querer hacer del mundo un lugar mejor, de buscar justicia, de entender la historia y poder darle sentido al presente y futuro. 

Pero también llegué como parte de una población invisibilizada que seguía reclamando por los derechos más básicos que promete la democracia.

Entre esos tantos derechos vulnerados está el derecho a la memoria. 

Pero la memoria de la población LGTB tiene una dinámica diferente a la de otros colectivos, y la trans en particular ha sido una de las más violentadas y censuradas.

Vivir en los márgenes más lejanos del sistema con un promedio de vida que es menor a 40 años permitió que se borrase y olvidase una larga trayectoria de luchas colectivas y personales. 

Formamos organizaciones políticas revolucionarias ya desde la década del 30. En la década del 60 y el 70, formamos dos enormes frentes, los primeros en América Latina que tuvieron como objetivo romper con un sistema patriarcal, heteronormado y machista como primer paso en la conquista de libertades. 

Y el terrorismo de estado accionó exterminando a esas organizaciones, y a toda identidad considerada como opositora política. 

Nuestros cuerpos, deseos, necesidades evidentemente fueron uno de los objetivos a erradicar.

Y entre luchas y resistencias también se intentó hacer desaparecer nutra memoria. 

Cuando se formó La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en el año 1983, con el objetivo de investigar las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el terrorismo de Estado, 400 casos de desapariciones de personas que formaban parte de la población LGTB fueron denunciadas. Ninguno de esos casos formó parte del informe final presentado por la CONADEP.  

El grito histórico de las madres de Plaza de Mayo no reclamó nunca por los y las trans, porque nosotros y nosotras por lo general no tenemos familia.  

Sin madres, sin hijos, las formas de reclamo por justicia fueron diferentes.

Estamos aún tratando de recuperar nuestra historia reciente resinificando términos, sentidos, apropiándonos de símbolos y construyendo los propios. 

30.400 no es una cifra en disputa. Es un símbolo que cuenta que, aún hoy, las historias de vida de nuestres compañeres están ausentes de los libros, espacios y sitios de memoria. 

No hay personas trans en los ex centros clandestinos trabajando y aportando a la memoria colectiva.

No hay pancartas los 24 de marzos que recuerden a les compañeres gays, trans, travestis, lesbianas desaparecides 

No se recuerda a los grandes frentes políticos nacidos en los 60 y 70 que se opusieron a los regímenes fascistas. 

La memoria cis nos ha dejado sin historia, porque entre les 30000 compañeres desaparedides no estamos, allí no se cuenta sobre la lucha LGTB, sobre les compañeres trans, sobre les asesinades de nuestra población.

Y forjamos el 30.400 como símbolo que integra todas las luchas sin olvidar, ocultar o modificar historias.

Y esperamos que el 30.400 sea materializado este 24 de marzo, cuando alguna cumpa trans sobreviviente del terrorismo de estado suba al escenario, tome el micrófono y hable por todos, todas y todes. 

Hoy ya fuera de los organismos me atrevo a afirmar que si el 30.400 molesta, es porque algo no se quiere ver.

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