El derecho a la identidad de género, no suspende nuestros derechos humanos.

Por Eugenio Talbot Wright

Antes de la sanción de la ley de identidad de género, y en épocas en donde estaban vigentes los códigos de faltas y contravencionales que penalizaban las  identidades trans y travestis, el acceso  real a la salud era un imposible. 

Fue en este contexto, que algunes de nosotres pudimos construir un red de profesionales que decidieron comprometerse y atendernos para dar una posible respuesta a los miles de problemas que se presentaban en nuestra población.

Después de 2012, muchas organizaciones pensaron que estas lógicas de supervivencia que implementamos debían repetirse para asegurar el buen trato y respeto a nuestras identidades.

Así surgieron estos espacios “amigables” que funcionan en muchos lugares de nuestro país, en donde personas trans y travestis podemos ser atendides por médicos aliades. 

Es comprensible que muches pibes necesiten de estos espacios para comenzar a dar sus primeros pasos manifestando sus identidades no heterocisnormadas, pero el no haber militado una apertura  hacia  todos los espacios, aun los más reaccionarios ha tenido sus costos.  

En la ciudad de Córdoba como en el resto del país, se le ha dado demasiada importancia a algunas especialidades a las que se las ha  relacionado estrechamente con la población trans, olvidando otros aspectos integrales de la salud. 

Endocrinólogues y cirujanos plásticos, han sido los que se han considerado como prioritarios dentro del sistema de salud para la población trans y travesti. 

Para los que ejercen otras especialidades  en el ámbito provincial y no forman parte de estos consultorios amigables, el Estado ha implementado una serie de capacitaciones,  que se han enfocado en como respetarnos a la hora de ser nombrades, revisades y anotades en las bases de datos donde se guardan las historias clínicas. 

¿Ahora qué sucede cuando algune de nosotres concurre a un hospital con una necesidad diferente, que no se relaciona con la que  se espera de nosotres? 

Hace ya un mes atrás mi pareja comenzó a manifestar fuertes dolores abdominales. 

Nos dirigimos con rapidez a uno de los hospitales libres de COVID-19, y por las características y síntomas que presentaba mi compañero, fue atendido directamente por el cirujano. 

El profesional comenzó a revisar su abdomen y cuando manifestamos que ambos éramos personas trans comenzó a focalizarse en posibles problemas del aparato genitourinario. 

De hecho salimos de ese lugar sin ningún diagnóstico basado en una imagen o un correcto análisis bioquímico. 

A pesar de que presentaba signos de ictericia y la orina tenía un color casi “CocaCola”, volvimos a casa con un diagnóstico de infección urinaria. 

Eso sí, el trato fue correcto, el nombre y la identidad “autopercibida” fue respetada siguiendo un protocolo casi de manual. Lo único olvidado fue que nuestros cuerpos humanos son iguales a los de todo el mundo. 

Al día siguiente,  ambos terminamos en el Hospital de Urgencias en donde la doctora que atendió a mi compañero, diagnosticó una pancreatitis provocada por una obstrucción en el colédoco, y tomó todas las medidas necesarias para salvar la vida del paciente. No basta con que el sistema sea solo amigable, también debe ser eficiente.  

Entendemos, después de lo vivido, que si no habitamos todos los consultorios, espacios y  especialidades, tendremos que pasar por estas situaciones que ponen en riesgo nuestra salud. 

Salir de estos pequeños espacios que replican formas viejas y marginales de entender la salud para las personas trans y travestis, y visibilizar nuestras identidades va a garantizar nuestro pleno acceso a la salud. 

No debemos naturalizar el deseo de homogeneizar nuestras identidades. 

No es nuestra prioridad el acceso gratuito a hormonas y cirugías. 

Lo prioritario es nuestro derecho humano a vivir en un estado de salud pleno para garantizar nuestro bienestar físico, mental y social.

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