Marchando entre orgullos y vallas

Por Eugenio Talbot Wright

Tengo la imperiosa necesidad de relatar en primera persona lo vivido durante la marcha del orgullo disidente, el pasado 9 de noviembre en Córdoba.

Este año, a la previa la comenzamos junto a mi pareja la noche anterior, tiñendo tres remeras blancas que pertenecían a mi época de militante en H.I.J.O.S.

Sobre los pañuelos estampados en ellas corrió tinta celeste y rosa, quizás, por primera vez.

Ansiosos nos despertamos el sábado, pensando en donde encolumnarnos, cómo hacer para encontrarnos.

Yako trabajaba ese día. Era el fin de su primera semana laboral en un nuevo lugar, donde la paga, como siempre, solo nos garantiza sobrevivir las primeras semanas del mes. 

Seguro que él esperó esta marcha lleno de deseos. Deseos más fuertes que los míos, porque por primera vez podría mostrar su pecho operado, su tórax plano.

Pero casi que no hubo tiempo. Salir del trabajo, correr, vestirse mientras la marcha ya había arrancado en un ángulo de la calle, tapado por la bandera trans que habíamos llevado, nos cambió un poco el humor mientras marchábamos.

Y marchamos, con olor a trabajo precario e injusto. Con una gran mochila llena de ropa, de deseos, necesidades, urgencias. 

La llevamos sobre los hombros toda la tarde y noche, pesada por el uniforme laboral que se siente más, porque no se sabe cuánto durará.

Marchamos y nos cruzamos con les cumpas exigiendo con carteles y, entre gritos, el cupo, la inclusión laboral trans y travesti.

“La próxima vamos a marchar más tranquilos y contentos”,  nos prometimos, mientras gozábamos de ver tantos cuerpes políticamente intervenidos, tantas consignas escritas de diferentes formas en la piel, que reflejaban tan nítidamente nuestras realidades.

Y cuando llegamos al escenario y pasamos las vallas que separaban la multitud de cuerpes, consignas y reclamos, nos encontramos con los varones cis funcionarios custodiando la entrada del espacio.

Varones cis muy conocidos. Esos que reclaman nuestra presencia en actos, fotos, campañas del Estado provincial  o municipal, y que luego casi no saludan.

Los que dicen que comprenden y comparten nuestras luchas, pero huelen a perfumes, mientras nosotres llegamos con olor a trabajo mal pago, casi de milagro.

Los que cuidan las vallas eligiendo quién sale y entra de los alrededores del escenario. Los que trabajan de eso. Eligiendo siempre quién sale y quién entra.

Pero al contrario de lo ocurrido este sábado, las puertas siempre las dejan bien cerradas para la comunidad trans y travesti.

Y luego de ver que fuimos escuchados al dar un discurso por las miles de personas que se juntaron a disfrutar de la fiesta, esos varones cis funcionarios del Estado nos vuelven a decir: “la semana que viene nos comunicamos y vemos que se puede hacer, cumpa”.

Pero a pesar de su indignidad, nosotres dijimos lo que necesitábamos decir frente a muches, a multitudes.

Hicimos visibles  los pañuelos marcados con tinta celeste y rosa.

Nos sacamos las remeras y mostramos nuestras corporalidades.

Fuimos, seguramente, por momentos más felices que aquellos que agachan la cabeza cuando nos entienden trans.

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