Semana de las Américas: Historia y resistencia

Por Gonzalo Carranza para SUDAKA TLGBI

El pasado 14 abril se conmemoró el “Día de las Américas”, que fue celebrado por primera vez en el año 1931, a propósito de la fundación de la Unión de las Repúblicas Americanas (llamada a partir de 1910 Unión Panamericana y, a partir de 1948, Organización de los Estados Americanos -OEA-).

Sin embargo este acontecimiento, como muchos otros, se gestó con muchos años de anterioridad. La primera vez que se pudo hablar de unión de naciones o bien repúblicas americanas fue el 14 de abril de 1890, cuando se llevó a cabo la primera reunión en Washington, fue la 1° Conferencia Internacional Americana y allí mismo quedó conformada la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas.

Actualmente, 21 países de la región reconocen esta fecha clave: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Pero esta conmemoración debe conducir a una reflexión que nos interpele desde esa identidad común. Porque sabemos que la unión de las Américas no fue dada de manera horizontal, por el contrario, por esos años Estados Unidos ya se imponía como una potencia con alto poder económico, industrial y simbólico. La historia, las costumbres y los recursos económicos de la mayoría de los países de la región, comenzaron a verse influenciados por el poderoso país norteño.

Este día, a su vez, nos invita cuestionar sobre qué condiciones se erigieron los pueblos de nuestra América, y que rol cumplimos en la construcción de su cultura, sobre todo atendiendo a este proceso colonialista simbólico y económico que impuso la primera potencia mundial, Estados Unidos. Y en particular, debemos llamarnos a repensar qué rol cumplimos en la conformación y consolidación de las democracias y en los procesos de toma de decisiones, y en la misma medida, qué vidas e identidades se privilegian sobre qué otras carentes de reconocimiento y existencia.

En la misma línea, tenemos la oportunidad de poner en diálogo esta efeméride con la celebración del Día del Indígena Americano, que se celebra cada 19 de abril. Esta fecha conmemora la visibilización de los pueblos originarios americanos a partir de la realización del 1er Congreso Indigenista Interamericano. En ese acto, los Estados Americanos suscribieron el Documento de Pátzcuaro.

Ambas fechas nos permiten poner en tensión la situación actual de nuestras culturas y nuestros habitantes, desde qué lugar pensamos la soberanía de nuestros pueblos y el lugar que ocupamos en la Historia, escrita con mayúscula en enciclopedias y textos ecuménicos. Como así también, cuestionar las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos ocurridas sobre los pueblos originarios de Nuestra América, en el proceso de reconfiguración de sus territorios.

Es curiosa esta fecha, ya que en el congreso ocurrido en México, se dictaminó que esta celebración tenía como objetivo principal abordar la situación social y económica de los pueblos originarios para intentar salvar y perpetuar, en el tiempo, todas las culturas originarias del continente. Sin embargo esto no fue tan lineal, ni tan inocente.

Las culturas originarias en distintos pueblos han sufrido el avance feroz del capitalismo instrumentado por los denominados países “desarrollados”, según los indicadores que sus propios organismos definen siendo funcionales a sus objetivos e intenciones. Un poderío que arrasó las culturas de los pueblos que ya habitaban estos suelos y, claro está, desde estos parámetros, estaban retrasadas y, por tanto, había que “ayudarlas” para que estén en vías del tan mentado desarrollo. Claro, que esto fue cosechado a través de la negación e invisibilización de nuestros pueblos originarios, cuando no, de su sufrimiento y exterminio parcial o total. Tal es así, que los propios Estados al mando han decidido mirar hacia un costado.

Al fin de cuentas, la fecha es un reconocimiento palpable de la existencia de estas culturas que sistemáticamente se ha intentado ocultar, y que no han estado a la “altura” de los límites definidos para un “progreso” estable y sostenido, en el tiempo. Sin embargo, referentes indígenas que vieron y fueron víctimas de tales vejaciones han decidido organizarse y resistir. Estas luchas han demandado el reconocimiento al Estado de políticas públicas efectivas, que en en Argentina, por ejemplo, están a cargo del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), diseñadas para tal fin. Su misión central es asegurar el ejercicio de la plena ciudadanía a los integrantes de todos los pueblos indígenas, garantizando el total cumplimiento de los derechos consagrados constitucionalmente en el inciso 17 del artículo 75. En esa clave, nuestro país adhirió al documento de Pátzcuaro que señalamos, y se sumó así a los festejos por el Día del Aborígen Americano, a partir del 19 de abril del año 1945, a través de la homologación del Decreto 7550 por parte del Poder Ejecutivo Nacional.

De esta manera, estas dos fechas con alto valor histórico para nuestros pueblos reivindican la visibilización de los pueblos originarios en momentos donde el alcance global del capitalismo y su afán colonialista, ha reafirmado su poderío en el continente a través de discursos, acciones y prácticas que obstaculizan la convivencia y el respeto de la diversidad.

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